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Edgardo Nelson Rodriguez

Por Laura Isola

Entrar al mundo artístico de Edgardo Rodríguez significa acceder a un sistema  autosuficiente en términos estéticos y de sustentabilidad. Porque, si bien todo lo que vemos en el abigarrado espacio de la casona de Belgrano donde funciona su “fábrica” de objetos, pinturas y esculturas, tiene un pasado en la vida real, el artista ha torcido el rumbo del deterioro y el abandono y lo ha vuelto arte. Productos finales de un meticuloso modelo de reciclado, esas  materias primas que han sido otra cosa, muchas veces deshechos y desperdicios, son capturados por Rodríguez que las construye, las ilumina y las hace súbditas del reino de su imaginación. Una monarquía que se basa en los ojos de su mente y que solo intenta dominar al imparable ejército de la basura, de lo que ya no sirve para los humanos comunes y corrientes pero que formaran una legión poderosa cuando se sometan a los dictados de sus ideas y sus conceptos.
También hay algo de magia. Esta forma de arte la requiere porque, claro está, que el reino de Edgardo nada tiene que ver con alguna forma de gobierno real sino con los modelados en los cuentos infantiles. Siempre hay un rey de un reino soñado, que libra batallas inventadas y que tiene un castillo. Que conquista espacios de felicidad y trata de llevar alegría a su gente. Como en esas fantasías, el lugar parece inaccesible hasta que la hospitalidad de su dueño es pródiga de encantos. Traspasar la puerta es, como se ha dicho, un pasaje. Un modo de reconocimiento de las muchas maneras que tiene Edgardo Rodríguez  de concebir su quehacer artístico.



El arquitecto

Lo uno y lo múltiple está presente en la obra de Edgardo Rodríguez. Una pieza de madera tallada, un cuadro realizado con cuentas, papeles y resortes, máquinas que parecen salidas de una película de Tim Burton, esculturas hechas con plástico invitan a pensar en la heterodoxia del método y en la variedad de estilo. Sin embargo, el común denominador es el hallazgo fortuito o la búsqueda azarosa de los materiales. Por diferentes que parezcan las piezas, Rodríguez logra una coherencia que sostiene y atraviesa todo su arte. La utilización de materiales en desuso, provenientes en su mayoría del descarte o la basura, es parte de la explicación de esa unidad, a primera vista imposible. Todo su trabajo tiene esta impronta: aquello que fue arrojado y forma parte de la última fase del sistema capitalista, el desperdicio, vuelve a ingresar de la mano de Rodríguez al circuito del arte. Pero esa trama sería insuficiente, si solo operara como puerta de entrada. La idea de constructo contribuye a pensar su obra. Detrás de cada una de las piezas, que como dijimos exhiben su diversidad en el modelo de representación, está presente el arquitecto. La profesión de Edgardo redunda en el sentido constructivo que le da al conjunto de sus trabajos. La idea de piecitas que se unen, la forma compositiva, los artefactos que arma y hasta sus cuadros dejan ver que hay un planteo, una estructura y una búsqueda que remeda a la arquitectura como marco teórico y conceptual.

El chamán
Se sabe que los chamanes son, dicho de manera muy general, individuos a los que se les atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción de colectiva de esta. De ahí que cumplan esa función tan importante en algunas comunidades por su capacidad de adivinar, curar y comunicarse con los espíritus. No es casual que Edgardo los tenga en cuenta, al momento de su trabajo. Menos para utilizar sus facultades que para incluirlos en el repertorio de sus obras. Construir e incorporar piezas y ponerle como título a la serie “Chamanes” es una manera de completar el universo de su obra. La presencia mágica en estas esculturas, que combinan rasgos de arte prehispánico con materiales y estética urbanos, se hace visible. Creador de un mundo, inventor de un estilo, recolector y cazador de objetos, monarca con una imaginación desbordante y fabricante de una realidad perceptiva nueva son todas las instancias que se cruzan en los trabajos. Porque el artista tiene algo de artesano en un sentido particular. Si el artesano aporta un componente estético sobre el valor de uso del objeto, Rodríguez opera cuando este ha sido eliminado por completo. Sus materias primas no deben servir para nada, justamente, para que empiecen a servir para el arte.


El coleccionista
“Hay muchas especies de coleccionistas; y además, en cada uno de ellos opera una profusión de impulsos.”,  escribió Walter Benjamin en “Historia y coleccionismo: Eduard Fucks” para detallar las características de este coleccionista-pionero. Coleccionista de su propia obra, casi un oxímoron, pero en este artista hay una distancia insospechada que permite la operación. Su heterodoxia, su capacidad de reinventarse en cada serie, su búsqueda permanente en lo formal y en los materiales podrían ser algunas de las condiciones que permiten ese distanciamiento para operar así sobre sus construcciones. Tanto con el impulso arquitectónico como con el afán clasificatorio, Edgardo logra un caos controlado. Y es bajo esa noción que su obra dialoga con una forma de imaginación que tiene su origen en el siglo XX pero que trasciende la centuria. Por un lado, el objeto encontrado a la medida de los surrealistas. Por el otro, su refuncionalización en el contexto de algunas operaciones cercanas a los años 60. La ecología y el arte ambiental pueden estar presentes es su obra pero de forma singular. Como destellos, alusiones o citas. Nunca como un panfleto. Mucho mejor en los pliegues, parecen decir las esculturas de plástico que realiza con botellas. Porque de esa manera no pierden su capacidad artística en pos de una denuncia altisonante. La doble vanguardia como gesto y marco histórico, cuando ya ha entrado el museo y en la historia del arte.
En todo caso, con esos derivados del petróleo que son, de alguna manera, una forma de naturaleza, crea un jardín de plantas y animales único e irrepetible. Un ecosistema singular en el que la lenta degradación del plástico es menos el problema que la potencia imaginativa. Un paraíso artificial, duradero, irónico y bello. Un lugar en que dan ganas de quedarse para siempre y exclamar: “¡Bueno, esto es grandioso!”,  como dijo Alicia ya reina en A través del espejo. Sabemos por Lewis Carroll que el universo consta de cosas que pueden ordenarse por clases y una de estas es la clase de cosas imposibles. Que existen para nuestra felicidad, en parte, porque algunos artistas creen en ellas.

                                                     

                                                                                                                                                                                            Laura Isola

​EDGAR​DO NELSON RODRIGUEZ